Carteras rotas

Necesito otra cartera. Esta ya se rompió. Sé que no debí meterle taaanto a la pobre, y sé que jaló hasta donde pudo jalar. Claro, hay otras, pero ninguna para mí ahorita. No como esta. Espaciosa, guerrera, con escondites secretos que solo ella y yo conocemos. Conocíamos. La verdad es que se veía venir. Nada se rompe de un día para otro (auch). Pero quise agotarla, aunque ella no quisiera, estaba en otras, resentida de ya sabemos porqué: por haberla agotado. O de repente deverdádeverdádeverdá nooooo lo estaba pero yo tenía ese cargo de conciencia de lo que había hecho. De darle hasta el final. Que si es grave o solucionable, o vicisitudes, o de verdad hay cosas que no se pueden mezclar, eso lo sabe cada quien. Ja. Sé que lo que acaba de pasar en este instante solo lo habría entendido y compartido mi molestia desde el fondo del alma habría sido mi… cartera. Sí, claro. La puedo mandar a arreglar. A pegar. Ponerle un parche y que le hagan un refuerzo de titanio para que ya no se suelte, no se rompa ni se raje. Pero no volver a cargarla de tanto, no abusar de su bondad. Pero me cagaste. Me dejaste con un bolso que me gusta, con muchos que están siempre dispuestos y lindos. Y que adoro. Pero no son tú.

Y no. No estoy hablando de ti, amiga.

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